sábado, 15 de abril de 2017

Abel Granda


El viaje

Quería dejar el oasis, pero los vientos del oeste no aconsejaban ninguna travesía; en las noches, miraba el fuego como único entretenimiento, intentando ver una señal que me guiara, o diera sosiego a esos días cuando sientes que es la hora de partir, pero nada perece presagiar que allí donde vayas, podrás escapar de esa angustia difusa que te impulsa al viaje, o haya un cielo protector sobre tu cabeza. Los vientos del desierto son devastadores, y es una suerte que no haya nada que puedan arrasar, porque su furia incontenible, lacera la parte expuesta de la piel, y puede llevarse, aún más lejos, los montes azules que a veces se ven hacia el norte. 

Sólo veía mi pasado en las llamas, mi infancia cerca del mar, siguiendo a Faruk en sus correrías; los ojos de Anuri, como faros ardientes en un mar de arena tibia; a mi madre sonriendo alegre tras el vapor del té, e inferí que el futuro no existe hasta que no arribamos a él.
Las chispas ascendían y giraban enloquecidas antes de extinguirse contra la oscura mancha parda de la noche ventosa, y creía ver en ellas, los segundos que se perdían en la nada ubicua de la espera, el tiempo que se hunde en el olvido, sin haber dado de sí, más que un preámbulo vacío e inquietante, que hace grande cualquier acontecimiento, por nimio que este sea; una batalla de escorpiones, o el tesoro inesperado de una piedra de formas caprichosas que nadie más ha visto antes, y sabes, o crees (porque a veces necesitas creer), que estaba allí aguardándote. 
Cesó el torbellino cuando Royam vino a verme; trajo la vida consigo, y con ella me vistió; me así a su cintura como un náufrago haría, y sentí mis latidos tronar vertiginosos, empujando la riada repentina de la sangre que alimenta los sentidos; sentí el abandono dulce de mis músculos, acunados por su respiración tranquila, el aroma de su pelo, y supe, que había llegado a destino.


Abel Granda
Madrid, España

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Analía Pascaner