domingo, 4 de marzo de 2007

Estela Parodi

La rajadura

El tío Andrés llegó a mi casa el día de mi séptimo cumpleaños. Los ojos de la abuela se pusieron tristes al verlo. El rostro desgastado, la barba semicrecida y un aspecto andrajoso en su vestimenta, mostraban que el tío Andrés no volvía precisamente de una victoria.
Pasaba horas encerrado en su habitación, lugar vedado hasta para la sirvienta. Mi curiosidad aumentaba con esos encierros y a veces hubiera querido destrozar a patadas, la pared que separaba su habitación de la mía. Recostado en mi cama, mirando la mancha de humedad del cielo raso pensaba sólo en cómo hacer para descubrir el secreto. ¿En qué ocupaba el tío Andrés toda la noche? ¿Por qué elegía esa música?
Como el vidrio de la puerta rozaba casi el techo, la única posibilidad era encontrarle una falla a la pared. Durante días y días hurgué en cada poro buscando alguna ranura, algún agujero que me permitiera acceder al espectáculo. Pero la pared estaba lisa, espantosamente lisa. Cuando llegué a esta conclusión, me senté sobre el piso desilusionado, exhausto, observando el montículo de cosas que había amontonado para elevar mi estatura y entonces fue cuando, por casualidad, mi mano lo descubrió. Encima del zócalo, el revoque se estaba descascarando. Con un lápiz amplié la rajadura hasta perforar la pared. Luego me tiré boca abajo para mirar por el boquete. La visión de la otra pieza era perfecta. Sólo quedaba esperar.
Poco antes de la medianoche, cuando el silencio aplastaba ya la casa, me levanté. Cuidando de no hacer ruido me tendí sobre el piso nuevamente, pegué mi ojo derecho al agujero y apoyé el mentón sobre el zócalo. A cada rato tenía que refregarme las pestañas para despejar la humedad que licuaba mi mirada y el nerviosismo que me había tensado hasta el último de los músculos. Mientras tanto, del otro lado, el tío Andrés intercalaba su atención entre un grueso libro de páginas amarillentas y el reloj, que a cada rato descolgaba del bolsillo. Sin embargo, los ruidos que yo había escuchado durante tantas noches habían sido demasiado extraños para que pudiera creer en esa intensa quietud de mi tío.
Después de la tercera vez que me limpiaba la nariz y las pestañas para sacudir el polvillo, y ya con los codos doloridos por la madera, vi que colocaba el libro sobre la cama, suspiraba profundamente y empezaba a desabrochar, tranquilo y meticuloso, uno a uno los botones de la camisa. Supe que podía suceder en cualquier momento. Debería controlar ese cosquilleo molesto, aguantar el dolor de los codos y descubriría enseguida ese secreto tan hermético que el tío Andrés guardaba en la semipenumbra de su pieza, después que el carrillón de la sala sonara el último de los doce compases.
Se había quitado ya el pantalón y acomodado las dos prendas con prolijidad encima de la colcha tejida, al lado del libro. La ampulosa desnudez de su barriga brotó sobre las piernas, apretadas con calzoncillos grisados que terminaban en grandes zapatones negros. La luz, escasa, sombreó la desproporción de su figura en la pared y tuve que taparme la boca con las manos para atajar la carcajada.
Abrió el ropero y sacó unas telas y algo más que no alcancé a distinguir muy bien. Cuando acomodó todo sobre la silla, la blancura de sus brazos hizo chirriar el brillo de los colores. Entonces, mi ojo asombrado se abrió al máximo y lo vi colocar encima suyo aquellas telas, que en ese momento, sí, reconocí como un vestido. Cuando terminó, se sentó en el tocador con espejo que había sido de la abuela y que unos hombres (sin saber yo por qué) habían trasladado hasta su pieza. De uno de los cajones extrajo un cofre y tomó unos collares de gruesas perlas que enroscó en su cuello. Del otro, una caja con maquillaje que abrió para pasar rubor sobre los costados de la cara, pintar labios y párpados y engrosar las pestañas. Me corrió un frío por los huesos. Ése ya no era mi tío Andrés. Con esa peluca enmarañada que ponía sobre su cabeza, era casi una mujer.
Me senté sobre el piso y traté de contener mi agitación. Creo que en ese punto ya había olvidado el polvillo, la humedad y los codos. No me sentía bien pero mi curiosidad pudo más y nuevamente me tiré sobre el piso tratando de llegar al final. Estaba mirándose al espejo sonriendo satisfecho. Luego caminó hacia el rincón y colocó la púa del fonógrafo sobre el disco. Era la misma música que yo había escuchado cada noche desde mi cama deseando que la pared fuera cristal. Era la misma música. Y el tío Andrés bailaba. Sonreía, gesticulaba con sus labios furiosamente pintados, movía las manos con delicadeza y volvía a reflejarse en el espejo. Por un instante me pareció que el tío Andrés le hablaba a alguien, que sentía la presencia de alguien, allí, junto a él. Por un instante también, me pareció ver una silueta esfumada, reverenciando con alguna galera, a mi tío Andrés.
El sonido siguió con acordes cada vez más graves, pesados, estrepitosos, que chocaron contra mis oídos haciéndolos estremecer. Entonces, levantó sus brazos intempestivamente, como si él también hubiera llegado a su clima más alto. Con los ojos desorbitados y las venas a punto de estallarle en la garganta, lo sentí temblar, sacudirse en contorsiones violentas y secas que transmitía a toda la pieza, a las paredes, a mí. Estuve a punto de gritar justo cuando se desplomó sobre la silla. La música se acalló de golpe y la púa repitió ronca un quejido que acompañó al tío Andrés que, encorvado, con los volados en desorden entre las piernas abiertas y las manos cansadas sobre el vientre fajado, lloraba. Vetas negras y rojas chorreaban sobre el rostro, desfigurándolo, convirtiendo al tío Andrés en una máscara destruida por las lágrimas que seguían cayendo, manchando el azul vestido, los tremendos zapatones, la oscuridad del piso.
Sentí náuseas. Ya no era una mujer, ni siquiera aquel tío que alguna vez yo había conocido. Los codos no aguantaron más y el pecho se me desbocaba. Caí sobre la cama temblando y creo que me quedé dormido, empapado de sudor y llanto.
Al otro día vino mi padre a despertarme. “El tío Andrés ha muerto del corazón”, dijo. “¿De cosas del corazón?”, pregunté.
Más tarde vaciaron su cuarto y pude ver a otros hombres cargando el viejo ropero del secreto. Llevé yeso y agua a mi pieza, y tapé el agujero.

Del libro Cuentos Desnudos

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El hombre libre es el que no teme ir hasta el final de su pensamiento.
León Blum

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