lunes, 29 de agosto de 2016

Editorial


revista literaria con voz propia nº 71

                  agosto 2016


                          publicación creada en noviembre de 2006
                             distribución y publicación gratuitas
                                 Inscripción: ISSN 2314-0275



No debemos orar para ser protegidos de peligros, sino para no tener miedo cuando nos enfrentamos a ellos.
Rabindranath Tagore



Simplemente

Se dice que seguimos
el camino que cada uno ha tomado
porque alguien nos dijo que lo tomemos
se dice que el agua que fluye simplemente
por el valle
está fluyendo
porque alguien le dijo que lo hiciera

Qué pobre es la sabiduría humana


El viento

Nunca le pidas clemencia al viento
altas lilas silvestres y otras
blancas lilas aromáticas y otras
flores sin nombre y otras
una vez que se hayan marchitado sus hojas
brotarán nuevos tallos

No es demasiado tarde


Ko Un
Corea del Sur, 1933
De 108 poemas Zen. Editorial Casariego, 2005
Versiones de Joung Kwon Tae - Revisadas por Isabel R. Cachera



Cada brizna de hierba tiene su ángel que se inclina sobre ella y le susurra: “Crece, crece”.
Talmud



             revista literaria con voz propia
             Edición y dirección: Analía Pascaner
             San Fernando del Valle de Catamarca
             Catamarca – Argentina



Mirando hacia atrás me siento lleno de gratitud.
Mirando hacia adelante me lleno de visión.
Mirando hacia arriba me lleno de fuerza.
Mirando hacia dentro descubro la paz.
Oración apache

Autores publicados


revista literaria con voz propia nº 71

    agosto 2016
                    
          autores publicados en esta edición: 

- Mónica Cazón
- Victoria Asís
- Elena Garritani
- Ana Quiroga Larrieu
- Raúl Feroglio
- Carlos Barbarito
- Norma Costanzo
- Bertha Carou
- Damián Andreñuk
- Nora Azul del Rosario Akimenco
- Alfredo Torres
- Hilda Augusta Schiavoni
- José-Augusto de Carvalho
- Elena Paso


             revista literaria con voz propia
             Inscripción: ISSN 2314-0275
             Edición y dirección: Analía Pascaner
             San Fernando del Valle de Catamarca
             Catamarca – Argentina


Mónica Cazón


La boda

ella dijo, ojalá llueva el día de la boda, porque la lluvia todo lo lava. Pero no llovió. El sol brillaba con su belleza despótica y contenía el amor desbocado de Muriel. Intenté olvidar el parque y su santuario. Vi huellas en el aire y toqué a la pequeña sobre el vientre de la mujer. Todos crecíamos.
Ahora, unos diminutos copos de nieve dificultan la marcha de mi cuerpo carente. Duermo menos y para colmo, he dejado de soñar.


El baúl del último estante

alabé ese vestido porque te quedaba muy bien, falda dijiste, enseñándome a distinguir una aguja de un ojal; así de fácil se instalaba la primavera en tus palabras y, entre nuestras caricias, la distancia de una lágrima y el borde del ojo.
Parte del vestuario quedó arrugado en baúles perfumados con pétalos de rosas, guardados allí porque las cosas banales necesitan perfume y no las páginas de un libro, que tienen su propio aroma. Eran telas y tules que heredaría para el momento de casarme, los géneros nada más; no las repetidas historias de amor. Gracias.


Intervalo

escuché los pasos de mi madre marchar solos. La escuché abrir grifos y alisar el ruedo de la falda. Vi sus manos levantar la flor que rodó por la tumba, y colocarla en el lugar exacto. Como si la cuerda floja fuese jurisdicción ajena a partir de ese momento.


después de Hora

se escondía detrás de las maderas como un animal extraño, decidida a desaparecer de los lugares de siempre. Yo, sumergida en campos secos, dejaba huellas para que me encuentre. Acertijos que sólo conocíamos las dos, palabras que pronunciaba en un lenguaje desconocido para sanarle las heridas. Pero las heridas no sanaban, hacía falta un milagro.


Del libro de la autora: El placar de Muriel. Alción Editora, 2012

Mónica Cazón
Tucumán, Argentina


Victoria Asís


A World

El mundo que juntos
levantamos nos aleja.
Hoy, aquí
un abismo gris
nos persigue desde las sombras.
Tan lejos del sol y del abrazo.
De nada valen los sueños
que engendramos
Presiento alucinada
que por mi piel
se desvanecen los últimos
residuos de tu sudor
y de tus besos. . .

Invierno de 2016


Ese es el miedo mío. . .

Hoy he besado a la lluvia
como si fuera tu boca
Me han sujetado tus manos
cual verdes enredaderas.

Hoy he bebido del río
tu rumoroso perfume
y se ha quedado en mi piel.

Hoy he seguido a tu estrella
por caminos sinuosos y oscuros
No me ha alcanzado el temor
ni la duda ni la escarcha

Sólo me ahoga el dolor
de saberte en otros brazos
Ese es el miedo mío que no logro 
desechar y sigo por el sendero 
del que ya no sé regresar. . .

Otoño de 2016


De la breve Palabra

No puedo evitar el juego de palabras
que anticipa al beso . . .

*

Puedo traerte a mi pantalla azul
donde el misterio continúa . . .

*

Es termal la brisa que me toca
cuando se acerca y me murmura en versos

*

Llega:
condensada nube
con motivantes signos
demanda con hambre compartir
emoción y latidos en visceral contacto . . .


Victoria Asís
Nació en Entre Ríos. Reside en Magdalena, Buenos Aires, Argentina

Elena Garritani


In memoriam

Espero alegre la salida
y espero no volver jamás.
Frida Kahlo

No vuelvas ya no vuelvas en el color intenso del dolor
deja volar los pájaros que anidan tu regreso
el trópico es racimo de frutas y de flores,
ya no puede con ella tu cabeza, mimbre de maravillas.
No vuelvas  ya no vuelvas
acá dueles, te dueles en tu corsé nublado
como fruto maduro cayendo de tus ramas.
El mundo no es recíproco, no vuelvas
tu destino se cierra como dalias que fueron
en la infancia de patios trasnochados
donde el pueblo, el amor, tu hombre, tu deseo
florecen sin pudor, como te gusta.
Así tus labios en otras bocas beben de ese aliento
pero ya sabes que eres una armadura pálida
con la pasión cercada, y hay serpientes
y eclipses y tranvías y sangre y plenilunios.
El aire tiene heridas de limón.
Anúdate en la trenza de ojos negros,
anúdate en azul tu casa calavera.
La muerte es otra fiesta,
baila sobre la médula del viento que te lleva,
aquí ya nadie espera lo que sientes,
baila sobre la ausencia que dejaste
el río de tu herida es largo bermellón
máscara desteñida
el festín del crepúsculo ha llegado a la tierra.


La gacela en la mira

De profundis. Lo sentía vacilar,
casi perder el equilibrio y sumergirse
para siempre en aguas desconocidas.
Clarice Lispector

A la luz de una vela, la mujer de la sonrisa triste
ruega por nosotros, y antes ruega por él,
siempre por él.
Ritual de luna llena, su piedad.
Un milagro de luz, cara al abismo.
Ni compasión merece
le dictan sus pulsiones, su aliento,
su conciencia.
La gacela en la mira fue para él
la gracia arrodillada, el talle esbelto.
Pedirá por su bien, pedirá por nosotros
y antes pide por él, siempre pide por él.
A la luz de la vela, sigue sola,
no como un pájaro que evadió la captura
sino como el perdón que escapó de la jaula.


Del libro de la autora: Otoño interior

Elena Garritani
Buenos Aires, Argentina

Ana Quiroga Larrieu


Cada tres días

Que lo esperemos un ratito, nos pide Roberto, mientras carga nafta. La lancha se balancea suave sobre la lisura del río apenas perturbado por el desfile de camalotes y el tránsito discreto de los isleños. Más tarde, cuando vayamos por el Paranacito, Roberto nos irá contando sobre lo que vemos y también sobre lo que nadie dice.

Hoy, muy temprano, tomamos mate en el muelle. El aire traía los olores del barro, una densidad dulce, cargada de río y del verde que desprenden los árboles. El agua, condensada, acentuaba el misterio del momento, el silencio casi sacro de la mañana. Frente a nosotros pasó un hombre de las islas navegando una canoa pequeña. De pronto, desapareció en la niebla. Y luego, volvimos a verlo, en un juego de apariciones y desapariciones, como una muda representación de lo efímero.

***
Cada tres días se va una persona de las islas, dice Roberto, mientras nos conduce en la mañana, bajo un cielo deslumbrante después de la lluvia. Y declara:

Que hace cincuenta y dos años nació allí, y allí conoció a su mujer y tuvo a sus dos hijos.
Que la gente se va y vienen otros, pero nunca vienen tantos como los que se van. Los que vienen compran las tierras y hacen negocios que no dan trabajo.
Que el gobierno no ayuda a los que hacen producir la tierra.
Que si su padre resucitara y viera lo que ahora pasa, se moriría otra vez, pero de pena.
Y habla también de los campos de la papelera. Cortan los árboles y no plantan nada.

Ahora pasamos frente al cementerio. Acá, los cortejos fúnebres desfilan por el río, señala Roberto.

Y entonces pienso que en estas islas, la muerte es algo que todavía tiene sentido. Imagino las barcas en el silencio, los vecinos en la orilla viendo pasar al muerto, el féretro donde reposan flores de coral y azahares. Y atrás los camalotes como ciudades navegantes, que no saben del muerto ni de la viuda ni del hombre que perdió a su compañera y se quedó solo y no se pregunta para qué seguir, para qué amanecer y luchar contra la maleza, los mosquitos, la inundación, las pestes.

¿Y esas cosas que trae el río?, pregunto. Es el agua de los campos inundados, pero acá no se inunda, dice el isleño. Acá no se va a inundar nunca, se obstina. Allá sí, en Gualeguay, pero nosotros estamos más arriba.

Luego, señala con orgullo, esta es mi casa, y muestra, sobre la margen derecha, como yendo hacia el Uruguay, una construcción en alto pintada de celeste, erguida sobre los árboles.

Roberto también se yergue. Conduce la lancha de pie, mira el río y las islas como si los viera por primera vez, como si más de medio siglo de arraigar en esas tierras sólo hubieran afirmado su lúcida pertenencia. Y sigue relatando, y ahora sé que no lo hace para nosotros. Lo hace para edificar la memoria de esta villa, donde cada tres días alguien se va. Las escuelas cierran porque faltan alumnos y los isleños se van a las ciudades, porque las tierras sólo dan árboles para hacer papel. ¿Y cuántos hombres hacen falta para matar árboles? Pocos, muchos menos que los necesarios para sembrarlos. Entonces, los hombres y sus familias se van. A las ciudades, a vivir con las puertas cerradas, a vender su tiempo y a extraviar el sentido.

Nota: Este relato está íntegramente basado en hechos reales. Pocos meses después de escribirlo, en abril de 2007, Villa Paranacito sufrió una terrible inundación. Ana Quiroga Larrieu.


Ana Quiroga Larrieu
Buenos Aires, Argentina

Raúl Feroglio


Fresnos

El Fresno
los fresnos
derraman su lluvia apenas vieja sobre mí.

Los fresnos en abril suceden
más despojados que en verano.

Etéreos
lentos
evocan la palabra

tu ausencia.


Misterio

Misterio
que siendo yo
el trigo y a la vez el hambre
no encuentre
tu pan.


Flor

Esa flor amarilla
ojo del día
mirándonos se mira
sorbe la luz
el aire limpio
y emana
la claridad diminuta
de su esencia
hacia nosotros.
Pobrecitos.


Distancia 2

Vos tenés en los bolsillos
polvo de futuro
brilla
perfuma
alimenta.

Yo soy un fuego
una piedra roja
un laberinto
pasado y presente.

Desabriga lo frágil del tiempo.


Del libro del autor Sueño de agua. Ediciones El Mono Armado, 2013

Raúl Feroglio
Las Parejas, Santa Fe, Argentina

Carlos Barbarito


Después de la música tardía…

Después de la música tardía, del pez tardío,
del instrumento con sordina ante los relámpagos,
del verbo visto como mera osamenta,
de la primera y última puertas con cerrojo,
de la orilla temprano clausurada,
del único ojo ciego, del exilio del testigo
hacia cuanto, desnudo, cabe en un puño,
de la desesperada maniobra del ave
ante la cercanía de la tormenta,
de una cama tendida, plantada
a orillas de un mar extenso e inmóvil;
y después también de aquello
que no se decide entre amar o matar,
de la desilusión del orfebre,
del extravío del mercurio en su camino hacia la Obra,
de la pregunta escrita con tiza,
de la respuesta sepultada,
del carbón y del abrojo,
del salario pagado con resina…
un cosquilleo en la planta del pie,
justo cuando parece cerrarse todo fuego y toda alabanza,
eso que otros sentirán nimio, sin importancia,
me sostiene y me salva.


Poema inédito

Carlos Barbarito
Muñiz, Buenos Aires, Argentina

Norma Costanzo


Esto me sucedió

Cuando cuento esta historia, nadie me cree, piensan que lo soñé o divagué en uno esos momentos de ausentismo que suelo tener.
Sí, siempre fui una soñadora y me gusta sentarme en lugares solitarios a contemplar todo en el más estricto silencio dejando correr la imaginación con todas las de la ley.
El mundo, para mí, es así, super maravilloso, porque veo lo que no se ve; siento lo que no se siente y vivo momentos maravillosos que en la realidad no vivo.
Siempre me resulta fácil evadirme de la realidad; No existe en esos momentos nada más que mis pensamientos, la naturaleza y Dios.
Cierta tarde, una de esas más desoladas y frías de la temporada, sentí deseos de ver el mundo silencioso de la noche, más que verlo, quería vivirlo.
Con decisión, tomé un abrigo, busqué la llave de mi fitito, cargué un termo con café y me lancé a la aventura.
Realmente no había pensado hacia qué dirección quería ir, así que cerré los ojos mientras calentaba el motor del autito, y sin pensarlo me dirigí al sur.
Brrr, más frío sentía al saber que por momentos patinaba sobre la escarcha blanquecina con las cubiertas semi lisas, ¡qué coraje!, bueno, así soy a veces cuando de aventuras se trata.
Las tinieblas caían apresuradamente, aún se distinguían bultos en la penumbra, eran árboles en los costados del camino. Yo no sé porqué pero estos se agrandan y desfiguran cuando los cubre el manto nocturno, de tal forma que no parecen lo que son, sino que se vuelven figuras fantasmales con sus brazos extendidos como queriendo atrapar a los viajeros solitarios y temerarios que deambulan en horas inusuales por esos caminos de Dios.
Así anduve con la mente perdida de fantasía en fantasía.
Miraba de vez en cuando el intenso cielo tachonado de estrellas donde tímidamente asomaba la carota gigante y plateada de la luna.
Seguí mi camino como si nada.
En ese momento desconocí totalmente el lugar a pesar que me parecía que no me había alejado tanto. No me preocupé demasiado, ¿acaso no estaba llevando a cabo una maravillosa aventura?
Creo que ni sentía el frío que se filtraba por las hendijas de mi viejo auto.
De pronto, ¡oh! ¡sorpresa!, ante mí estaba un pueblo antiguo, solitario, abandonado.
Sentí una profunda curiosidad y me metí entre sus calles oscuras y silenciosas. Bajé del auto.
No escuchaba nada, ni voces, ni ladridos de perros, ni el canto melancólico de grillos, tampoco el llanto de algún niño, ni silbidos de de pájaros nocturnos.
Bah! No hice caso de ello, seguí mi instinto aventurero y entré a una casa que tenía la puerta entreabierta.
Allí no había nadie. La casa estaba en orden y tenía ese dejo romántico de las películas del oeste.
Las cortinas bellísimas tejidas al crochet en tono crudo, cubrían las ventanas. Había floreros de brillante porcelana llenos de rosas pálidas y perfumadas. Yo sentía el aroma sutil. Bellos cuadros colgaban de las paredes empapeladas. Todo era de un maravilloso buen gusto.
A pesar de la noche y de no haber luz, distinguía todo en todos los detalles.
Seguí recorriendo la casa. Una alfombra preciosa hecha de retazos, cubría el piso de la sala. La cocina era amplia, limpia y ordenada.
Tomé un pocillo y me serví del café que llevaba en el termo. Llegué al dormitorio con piso de madera que crujía bajo mis pies.
La cama con dosel de terciopelo rosa pálido, tenía un mullido colchón cubierto de sábanas bordadas, almohadones blancos y empuntillados, y encima un cobertor suavísimo y tibio.
Me venció la tentación y me recliné sobre la cama que invitaba al descanso.
Muy pronto quedé profundamente dormida. No sé cuánto tiempo estuve allí, porque desperté al escuchar movimientos, ruidos y susurros.
Sólo veía como se sacudían las cortinas del dosel, las ventanas temblaban bajo un influjo muy raro y oía pasos disimulados. Un susurro aterrador se enganchó en mis oídos y alcancé a escuchar que me decían ¡intrusa! ¡vete de aquí! Este lugar es nuestro y nadie lo puede profanar.
¡Ay! ¡Dios! ¡Qué susto me llevé! Di un salto volcando el café del termo.
De repente, el pueblo desapareció de mi vista y yo estaba a unos cuantos metros del autito, lo que significaba que estuve en esa casa, percibí el aroma de las rosas, me acosté en la blanca cama y me dormí profundamente hasta que los espíritus, dueños del lugar, me sacudieron del sopor. Yo sé que lo viví, aún hoy siento en la piel aquella sensación rara que se apoderó de mí.
Cuando volví, hice averiguaciones y me confirmaron que en ese páramo, había un pueblo que sufrió una gran catástrofe donde murieron todos sus habitantes. Después de la devastación, sólo quedó un descampado y seguramente enterrados allí los huesos de sus habitantes.
Nadie me cree, pero yo vi ese pueblo, las casas, estuve dentro de una de ellas y escuché el lamento angustiado de los muertos que alguna vez habitaron ese lugar.


Norma Costanzo
Villa Ocampo, Santa Fe, Argentina

Bertha Carou


Aquella música interior

Cómo quisiera reconquistar
esa música antigua
que persiste en los latidos
del mínimo aire
ondulante, avistada apenas
en un soplo hacia la luz de los ocasos;
en las alas plumosas
ávidas de espacios ligeros
sumergida en la eternidad de las palabras.
Mundo sonoro
presente en cada gota de agua
en el arrullo de las hojas
y en el croar de las ranas.
Hasta la piedra despierta en el sonoro sentir
Se abre en plena desnudez
en el milagro de ser música
de extraer de sus entrañas la belleza
para que el hombre
que está viviendo la noche de sus días
encuentre por fin,
su música interior.

9-09-09


El color de los sueños

“Y todo vuelve a ser. Ayer es hoy.
Y estoy -como quien dice-
Amaneciendo”
Belkis Magnin

Empecinada en transitar
el hueco de los días sin gloria
elevo mis ojos y todos mis sentidos
por la ruta del menesteroso en palabras.
La ambigüedad de la niebla
me invita a recorrer
a desafiar
los antiguos caminos de los sueños

¿qué color tienen los sueños?

A la orilla de una fuente
la luz sucede intensamente
un picaflor bebe en ella
se traga todos los matices
se electriza
el aire es un milagro alado
deja un arco iris de círculos
perfectos
armónicos.
Busco mis sueños en el agua
y veo a una mujer
con pájaros en sus ojos.

Septiembre 2009


Bertha Carou
Lincoln, Buenos Aires, Argentina


Damián Andreñuk


Domesticados y ausentes

Atormentados
engullidos por un monstruo
subiéndonos a lo que ocurre
a pequeñas olas de vacío
domesticados y ausentes
carentes de un coraje definido
vigilados a través de los años
dominados por un miedo transmitido
buscando dinero
sin saber qué es el dinero
amordazados
por mortíferos procesos.


Promesa del crepúsculo

Es por la soledad
que mis vicios exhaustos, mis garabatos inconclusos;
los himnos coreados bajo la débil promesa del crepúsculo,
la fe en las palabras, en un abecedario que arremolina toda fe,
¿cómo se encuentra la hora exacta para apuñalar el vientre
                                            de lo insatisfecho?
¿Por qué no soltar todo y permitir varias botellas de buen vino?
¿De qué me servirán mis modestas victorias?
  ¿Por qué el anhelo de contrarrestar
     las fecundas ciénagas del olvido?


Una luz irreprochable

Yamila,
cuando el rabioso pájaro del desengaño
                   haga su nido en tus pupilas,
cuando conviertan tu pudor y tu alegría
en un espíritu feroz del desencanto,
cuando ese sádico fantasma que es el tiempo
                                invada tu rostro
y quizá en un hospital o un cementerio
erradiques por completo los engaños del ego,
cuando tu angustia se haga cólera
            y después desesperanza,
cuando sientas muchas veces que estás perdiendo el juicio
          y recuerdes de repente que todo es como un juego,
cuando hayas dominado finalmente
la inimaginable proeza de tu lucidez,
cuando comprendas definitivamente
que lo único valioso nace del desgarro,
cuando sepas que triunfar en lo que sea
                             sin odio o sin cariño
                       conlleva charlatanería,
cuando te llegue la vejez con su sereno vértigo
y transforme tu presente en un sueño desgastado,
no escribas el amor
   con letras negras,
no admitas nunca
lo bello del ocaso.
Ojalá evites el reclamo
y los miedos y las lamentaciones;
                  una Luz irreprochable
                                    te protege.


Damián Andreñuk
La Plata, Buenos Aires, Argentina

Nora Azul del Rosario Akimenco


Sueño, entre sueños

Sueño entre ensueño ¿despierto?
Lluvia gotas sombrillas
Sílabas timbales
Sensaciones sisean
Música cálida descanso
Signos símbolos civilizaciones
Pinturas rupestres ancestros

Despierto:

En un lugar de otro tiempo. En la sabana africana, tengo en mi mano una lanza. La desnudez es mi vestimenta. Mi grupo está cerca y en alerta estoy buscando algo de comida para llevar a la tribu. Tengo visión de 360 grados, mis oídos están orientados hasta el más mínimo gesto de una hoja que suspende de un arbusto. Mi cuerpo fibroso está a punto para enfrentar la pelea. Mis pies se afirman expectantes a la hora del asalto.
Mi rostro enérgico busca a la presa. La huelo caliente. Ella también está al acecho en la lucha por la supervivencia.
Ojos de leopardo verdosos me contemplan… los percibo aunque no encuentre por ahora el radio de su posición.
Espero desafiante. Mi instinto espolea.
Mi intuición está sólida. Tengo el talismán del brujo en mi pecho. Son semillas de lino, plumas de caburé y un mechón de pelo de un recién nacido, envuelto en unas hojas de Irupé.
Esta vez, voy a ganar.


Nora Azul del Rosario Akimenco
La Plata, Buenos Aires, Argentina

Alfredo Torres


Flores del breve verdor

I)

mi padre 
cosechero golondrina
al volver / tras largas ausencias
entre banderas solidarias
y esperanzadas
levantaba su voz / corajuda
a toda prueba
         
ante la multitud
gritaba sus verdades /

era yo el niño que manejaba la manivela
de su vitrola 
y puteaba a los yanquis
con sólo seis o siete años //

II)

en el patio / de una pequeña casa blanca
teníamos cuatro paraísos
de flores azulinas

y a un lado de la puerta
rodeada de una franja de color celeste
había una ventana 
también rodeada de suavizado azul
donde al regresar / mi padre
desataba un pañuelo bataráz
y me regalaba un par de teros
un huevo de ñandú y otros
de perdices y martinetas

allí nacía / a los asombros de la vida
mi alma de poeta
del viento / las distancias
y de otras lloviznadas soledades /

III)

mi madre / esa mujer dulce y callada
que cada día convocaba
a merendar a los chicos del barrio
era la única que sabía mi secreto /

y mi secreto era / un alto tamarindo
al que yo me trepaba entre la niebla
para escuchar sus cuitas de amor
a las palomas /

una canción entre una cina- cina
y tamarindos   fue mi niñez
con dolor de angustiosos horizontes //


Envío de poemas: Gentileza Prof. Graciela Mentasti, Catamarca

Alfredo Torres Becerro
Poeta de Rufino, Santa Fe. Vivió varios años en Catamarca, Argentina

Hilda Augusta Schiavoni


Alma cantarina

Suena la campana
con el mismo tañido
de mantillas y alas.
Es igual al alborozo
que regocijó mi infancia,
y que escuchó mi abuela,
la de mirada clara.
Es la que anunció los azahares
en una noche magna,
en que toda de blanco,
mi madre se casaba.
Repicaste
en las jornadas albas
y en cada amanecer
de alas nubladas.
¡Ay campana tañedora,
anunciadora rojigualda,
también cantarás
cuando se vaya mi alma!


Raíces yacentes

Un silencio espectral
se astilla en América.
Las vísceras de una raza
palpitan y emanan
el vaho del holocausto
que se eleva,
corre por los Andes,
por las selvas
y por los llanos
con mueca misérrima.
Un mutismo doliente
que nos grita
por la esfumada realeza
de crenchas
y plumas caciquejas
se mezcla
con el llanto silente
del peñí
desgajado por el tiempo,
aborto de América.
Y él, el indio,
¡pobre aborigen de esta tierra!
indio sin quipu
ni letras
va rogando al huinca
que lo dejó sin sol,
sin diadema
y lo enredó
en los sopores
del alcohol y la pobreza;
un mendrugo de pan
para calmar
su angustia vieja.


Hilda Augusta Schiavoni
Inriville, Córdoba, Argentina

José-Augusto de Carvalho


Llanto en el tiempo
Son alas de añoranza
el vuelo
que si llora en el tiempo…
Las flores de la novia
morirán
sin un amanecer…

El viento que limpiaba
el cielo
de las nubes oscuras
se fue,
perdido en las olas
del mar
de miedo y de huracanes…

Y todo
de nuevo de rodillas!
y bajo
un cielo ensangrentado
de rabia y cañoneras…
  
3 de Janeiro de 2008


Oración a la lluvia
Para Alberto Peyrano

Ay! aquí, clausurado
en las cuatro paredes
erguidas por mis manos
con inercia y renuncia,
yo soy un hombre solo.

Ay! río de mi sed
donde estás?… donde estás?…
que me dejas así
tan lejos de la mar?

Por qué, cielo, no llueve
y el agua desembaraza
mis raíces de este suelo
de soledad y renuncia?

Para que también me vaya
hasta la mar donde están
los peces y los barcos
por los que Federico murió…

1.2.2008


Poemas de Al anochecer, libro del autor en construcción

José-Augusto de Carvalho
Viana, Évora, Portugal

Elena Paso


Cada vez que muerdes mis pezones
futuro
chorreando leche
me alertas

no será fácil

*

Reclamas las mismas cosas que yo a mi madre
la vida es círculo
gira   gira
también despeña

*

¿Dónde estás madre? ¿dónde tu palabra?
levanto piedras en el desierto
y sólo encuentro tierra yerma
quiero contar a los nuestros
y allende fronteras 
que soy libre
orfandad ancestral

tal vez más al sur


Fragmento de Aroma del silencio. Publifadecs, 2016

Elena Paso
General Roca, Río Negro, Argentina