domingo, 25 de septiembre de 2016

Editorial



revista literaria con voz propia nº 72

                  septiembre 2016


                          publicación creada en noviembre de 2006
                             distribución y publicación gratuitas
                                 Inscripción: ISSN 2314-0275




La esperanza no es la convicción de que algo va a salir bien; es la certeza de que algo tiene sentido, independientemente de cómo resulta.
Václav Havel



*  *  *

Sucede por ejemplo que estamos en el frente,
por algo, por ejemplo, que vale la pena que se luche.
Nada más comenzar el ataque, al primer movimiento,
puede caerse cara a tierra y morir.
Todo esto hemos de aceptarlo con singular valor,
y a pesar de todo, preocuparnos apasionadamente
por esa guerra que puede durar años y años.
Sucede
que estamos en la cárcel.
Sucede
que nos acercamos a los cincuenta años,
y que falten dieciocho más
para ver abrirse las puertas de hierro.
Sin embargo, hemos de seguir viviendo con los de fuera.
con los hombres, los animales, los conflictos y los vientos,
es decir, con todo el mundo exterior que se halla
tras el muro de nuestros sufrimientos;
es decir, estemos donde estemos
hemos de vivir
como si nunca hubiésemos de morir.

Nazim Hikmet
Salónica, 1901 - Moscú, 1963
Tomado de: Cuaderno de Poesía crítica. Biblioteca virtual Omegalfa




Perdonar es no ofrecer resistencia a la vida, permitir que la vida viva a través de ti. Perdonar es renunciar al dolor; soltar el sufrimiento. Es algo que ocurre de manera natural cuando te das cuenta que tu dolor no sirve a otro propósito que el de fortalecer un falso sentido de identidad.
Eckhart Tolle



             revista literaria con voz propia
             Edición y dirección: Analía Pascaner
             San Fernando del Valle de Catamarca
             Catamarca – Argentina



Debemos estar dispuestos a deshacernos de la vida que hemos planeado, con el fin de tener la vida que nos está esperando.
Joseph Campbell

Autores publicados

revista literaria con voz propia nº 72

    septiembre 2016
                    
          autores publicados en esta edición:  

- Cecilia Glanzmann
- Norma Etcheverry
- Robert Gurney
- Gustavo Córdoba
- Emilio Núñez Ferreiro
- Jaime Icho Kozak
- Sergio Borao Llop
- Ada Inés Lerner
- Orlando Valdez
- David Sorbille
- M. C. Vásquez
- Anabel Vera Suárez
- Alba Estrella Gutiérrez
- Marcelo Finkelstein


revista literaria con voz propia
             Inscripción: ISSN 2314-0275
             Edición y dirección: Analía Pascaner
             San Fernando del Valle de Catamarca
             Catamarca – Argentina


Cecilia Glanzmann


Mi orilla es un abrazo inacabable
en éxtasis sublime con tu orilla
cuando el goce de todas las esferas
gime amor a las estrellas.

Mi orilla es un brazo inacabable y solo
en vano compás altisonante,
cuando el día y la noche se repiten
por el sueño de ser de cada uno,
el mismo nunca el mismo
de todas las auroras sin poniente.

*  *  *

Amarte
fue aprender el enraizarme
como mujer
como terreno ser

tu amarme
fue aprender a permitirte
el vuelo
con tu ansiedad tan terrenal

amarnos
nos ha llevado la vida
celebrándola
en su zigzagueante acontecer.


*  *  *

Canto a la alegría intensa
por tu abrazo
hay regocijo
en el bullente escarceo
en las rías de mi sangre
hay ofrenda entera a vos
y la hay a mí
con nuestras lunas que se reflejan
y se incendian sin horarios

es el amor que nos reúne en este hoy
venciendo
a los anales del tiempo

nos asombramos riendo en el abrazo.


Del libro de la autora: Cuando amar es vertiente. Colección ERATO- Summa Poética - Vinciguerra 30º Aniversario 1986 - 2016

Cecilia Glanzmann
Nació en Bell Ville, Córdoba. Actualmente reside en Trelew, Chubut, Argentina

Norma Etcheverry


La separación

En el sueño te vi.
Te vi bajar de un automóvil blanco con una niña en brazos. Era la entrada a una escuela, no querías llegar tarde. Una mujer, la madre de la niña, conducía el automóvil que aguardaba en la puerta. Los niños de uniforme revoloteaban cerca. Había tantos árboles como en el bosque de Etosha que solíamos recorrer en otoño. Árboles con hojas de distintos colores que caían sobre nosotros, sobre los niños, sobre el camino que se perdía a nuestra vista.
Bromeé sobre alguna cosa que ahora no recuerdo.
De otra forma no habría podido mirarte a los ojos.
Ni en el sueño.


El origen

Nacerá la criatura.
Será esta tarde de agosto en que de pronto les aparezca un hijo. Es extraño. Sentir que de pronto pueda ser de uno u otro, indistintamente.
Dos hombres, en lo más recóndito y honesto de sí mismos, esperan que esa paternidad no les corresponda.
Mientras, la mujer parirá una niña. Sola en el hospital.
Con esa niña y esa duda.
Una certeza rosada y frágil.


La impotencia

Algunas veces, no sé por donde seguir -confiesa.
- Pues sólo hay que seguir.
Falta pasión para luchar –dice.
- No es verdad. Las luminarias en la noche resucitan nombres compañeros y la cara de los asesinos en la pantalla. Doscientas mil personas se agitan por la avenida, dispuestas a no olvidar.
- No es suficiente. Mañana los periódicos dirán diez mil y todo estará como siempre.


Del libro de la autora: la vida leve. Ediciones La Carta de Oliver, noviembre 2014

Norma Etcheverry
La Plata, Buenos Aires, Argentina

Robert Gurney


La silla del bardo

Había una silla vacía
en el museo de Luton.

Está aún allí.

Parece más grande de lo normal,
más sólida,
hecha de roble.

Una ficha dice:
“La silla del bardo”.

Esa silla vuelve a menudo
a mi mente
cuando pienso en el pasado.

¿De quién era?

¿Cómo sucedió
que esté aquí
y no en Gales?

De niño
tenía un deseo ardiente
de subirme a ella.


La juguetería

Tenía un amigo del colegio
en Luton
que se quejaba de sentirse
como si estuviera viviendo
en una pecera.

Le daba la razón
y le dije que lo entendía,
pero no era exactamente
la verdad.

Hay una foto mía
de niño
sacada por mi padre,
mirando por un escaparate
en la calle Wellington.

La vitrina estaba repleta de juguetes
que no podía
permitirme comprar.

Tenía la impresión
de que era yo quien miraba
adentro de una pecera.

No podía comprender
a mi amigo
quien sentía estar dentro.

De todas formas
no era tan malo
ser uno más del montón de chicos
de la calle.

Sentí que pertenecía
a ese lugar.


El Sr. Jones

En esos días
después de la guerra
muchos de los profesores
tenían jardines secretos
a los que no nos permitían entrar.

Pero uno de ellos, que era de Gaiman, Argentina
tenía un lugar donde nos dejaba pasar.

Nos llevaba a dar una vuelta,
distraídamente,
enseñándonos la Pampa
y flores cuyos nombres
eran diferentes de los de España.

Tal vez los otros jardines no existían,
pero este sí.


Del libro del autor: La casa de empeño y otros poemas / The Pawn Shop and Other Poems, Lord Byron Ediciones, Madrid 2104.

Robert Gurney
St. Albans, Inglaterra

Gustavo Córdoba


Primavera

Te aguardo, primavera, en los tiempos del agua,
y en los azahares blancos
danzando por el suelo
y vistiendo de novia, las veredas.
Te aguardo en las ramas del sauce
con sus pies descalzos,
regresando en verdes esperanzas nuevas,
para amarse otra vez con el río y la piedra.
Te aguardo en este invierno
tan largo, tan eterno,
con un resto de savia corriendo por mis venas
para abrir, primavera, mis ventanas y puertas.
Te aguardo en el tiempo del lirio y de la rosa,
de la tinaja vieja
esperando para gestar en su vientre el mosto nuevo;
te espero en la acequia abierta,
que regará la espiga para alumbrar la siega
cuando diciembre sea un coro de coyuyos
madurando la siesta.
Te espero primavera amiga, hermana,
amante de la tierra,
aunque sea esta la última primavera
que tenga…
Y finalmente, tan solo por decir, te digo:
guárdame primavera en tu ternura,
guárdame en la siembra y la cosecha;
y en la hora de prolongarme, ya sin sombra,
guárdame primavera entre tus brazos,
y en la saliva ritual, conjunción de agua y greda.


Madre

Yo sé que no te has ido madre
que te quedaste en mí, toda en mí, o si no toda
tal vez en parte.
Me miro en el espejo de los días
y cerrando los ojos te veo a ti en mí;
en la cara, en los ojos, en las manos,
en ese andar presto
por la casa
buscando algo sin saber qué
pueda que un hijo que se encuentra lejos,
un padre que no está, o una palabra
para decirla bajito,
escucharla en silencio
como se lee una carta amarilla y arrugada
de los seres amados que no están
pero dejaron sus lugares
en el alma.
Yo sé que no te has ido madre,
que estás al lado mío como siempre;
con tus manos redonditas
como lunas de azúcar acariciando mi frente
a veces afiebrada.
Yo sé que no te has ido, madre;
ayer te busqué y te encontré en tus cartas,
estabas de regreso, de nuevo en casa,
con tu paso menudo, y yo a tu lado
buscando hasta encontrar esta palabra
para decir tu nombre en esta carta,
para gritarte en el oído,
Madre, no te vayas, por favor, no te vayas;
quédate a nuestro lado para siempre
o por lo menos hasta que yo me duerma
eternamente
encogido y abrigado, sobre tu falda.


Gustavo Córdoba
Catamarca, Argentina
Poemas tomados de su página

Emilio Núñez Ferreiro


Anochece en San Eladio

Sobre el andén desolado, acomodo mis huesos en un banco de madera. Este domingo de otoño agoniza. Estoy guardando la escopeta y las seis perdices que cacé, me imagino que me preguntan “¿qué te hicimos?”. Pues la última de ellas fue la última, acabo de decidir que no volveré a cazar ningún animalejo en mi vida.
Estación San Eladio, ¿cómo habrá sido tu ayer? Poco a poco la pastura se fue comiendo las vías. El irónico cartel de “Jefe” sigue aguardando al que se tuvo que ir. Me imagino, hace décadas, a cinco o seis personas esperando al tren que los alcanzaría a Mercedes. Tal vez, algunos de ellos, tuvieron la suerte de no presenciar este cataclismo que la autoridad implacable decretó.
Hay un silencio que duele, el que de pronto se quiebra gracias a un zorzal. En la copa de los pinos el viento impone una danza. La agónica palidez del sol se demora en los rieles oxidados. Pascual, mi amigo de siempre, viene arrastrando junto al perro su cansancio. Llega hasta mí y, como siempre, me hace sonreír con sus ocurrencias.
Una bandada de cotorras buscan refugio entre la fronda. Los dos teros alcahuetes de esta tarde se fueron a dormir. Los últimos leños con que hicimos el asado chisporrotean un poco y sucumben sobre las cenizas. Una estela de humo asciende lento, como no queriendo irse.
Comenzamos a acomodar todos los petates en el baúl del coche. Mientras orinamos, uno contra un paraíso y el otro tras el cartel de la estación, un ternero muge a la madre que no viene. Un perro le ladra al crepúsculo y un loro, hasta ahora inmutable, se anima a imitarlo. En el espejo gris de un charco un eucalipto se mira.
Le hago una seña a Pascual y escuchamos un silencio inquietante, silencio de soledad, de olvido, de muerte. Comenzamos a alejarnos, y una sábana de sombras se ha robado todos los colores. Atrás, una rodaja de luna se asoma en el confín del andén.


Emilio Núñez Ferreiro
Escritor de Barcelona, España. Reside en San Antonio de Padua, Buenos Aires, Argentina

Jaime Icho Kozak


Códigos perdidos

Busco sílabas dispersas de un código perdido,
poder leer en mi carne este costado invisible.

Retazos de tinieblas con máscaras de piel y hueso,
meteoros innominados que sustraen mi memoria
en un batir de puertas.

Noches y días fortificados en la clausura de palabras
escarbando en la sangre como un topo,
removiendo en mi cuerpo fundaciones
de afilados límites entre el eterno combate
entre raíces y la soledad prevista.

¿Dónde, en qué futuro está el germen de mi verso sin formular?

¿En qué Delfos perdido en la corriente, suben como el vapor
voces desasidas que me reclaman para manifestarse?

¿Y cómo agarrar el signo a la deriva
en que debe encarnarse cada fragmento de este silencio?

No hay respuesta que estalle en constelaciones
de elegancia nocturna.

Apenas fantasmas insondables en profundidades,
territorios que comunican con el pan nuestro de cada día
en ciudades temblorosas, mientras los maestros enseñan a los niños
y el amor está en las carnes desgarradas por la sed, en los fosos
donde luchan las sierpes del hambre y en el oscurantismo
punzante debajo de las almohadas.

Poema inédito


No estás sola: yo te pienso

Los paisajes que alguna vez habitamos,
huyeron en alas como espejos.

Los rostros que nos condensaron contra la niebla,
en casas que no habitamos, en sus puertas
como trampas del exilio, giraron en imposibles marcas.

Se desvanecieron en el temblor físico del verso,
transformaron extrañamente las distancias
en que se acumularon paisajes diversos
que nos trajeron a los días actuales.
A depósitos donde se acopian telones de escenarios ciegos
donde el destino desborda la memoria, despliega
absoluciones y condenas.

De lugar a lugar, de hijos a nietos,
de encuentros a desencuentros,
allí donde nos comunicamos
en huracanes del sueño y la demencia.

Te pienso, porque te amo.

Combinaciones de lejanas nubes y territorios
en recintos plenos cuando yo no sabía
de la estirpe de los ángeles y dinastías de la espuma,
dividida y multiplicada en tiempos que no se olvidan
porque son nuestra propia y ajena vida.

Pájaros de equinoccios unidos por la fisura del adiós.

Parentescos tramados sobre bocas en bordes de abismos,
oquedades vueltas a colmar aéreas construcciones de palabras,
al tiempo que nos recuerda que alguna vez nos unimos sin preguntas.

Y allí aprendimos, frente a las piedras que permanecieron durante siglos,
que se ama sin saber.


Jaime Icho Kozak
Madrid, España

Sergio Borao Llop


Si la luna se va sin una lágrima

Si la luna se va sin una lágrima
algún cachorro de león se vestirá de loto.

(Te dirán que la luz es un enigma)

Cada noche es un labio transparente,
un ojo acariciante o la duda del soldado
ante el disparo inminente.

(Se dice que la oscuridad es subyugante)

Al compás del silencio
bailan los gatos una danza bárbara
asomados al balcón de los recuerdos.
Cristales como brasas encendidas
desprendidos de un sol explosionado
acribillan el cielo del crepúsculo.

Un rostro impávido se disfraza de ventana
y la sombra de un grito encharca el orbe.


Lo mejor de mi vida

Lo mejor de mi vida tal vez se haya quedado
abandonado en alguna encrucijada
o al otro lado del cristal mojado
tras el que contemplé las marejadas y la noche,
y por qué no decirlo, las inmutables estaciones
que me fueron alejando de otras tardes más cálidas.

Hubo un tiempo de caminos anchos,
de colinas suaves que ocultaban fuentes,
de jóvenes aves y ardillas veloces
y de sal y de pan y de plácidos campos
preñados de fértiles terrones y labradores.

Hubo un tiempo de límpidas aguas,
de frondosos bosques y playas morenas,
de silentes cráteres orlados de espuma.

Pero en la noche del invierno treintaycinco,
todos esos mis ángeles me fueron vomitados en el rostro
y pude comprobar que la senda se había ido estrechando
hasta límites intolerables.

Supe entonces que mis pasos borraban el camino,
que ya no era posible detenerse
ni mirar hacia atrás, que no había regreso,
que legiones de arpías me empujaban riendo
y que un loco empuñaba mis recuerdos.

Entonces, tras la lluvia, se apagó una ventana.



Sergio Borao Llop
Poemas de La estrecha senda inexcusable, tomados del blog del autor:
Zaragoza, España
El autor ha publicado El alba sin espejos, por el sello eBooks Literatúrame! https://literaturame.net/libro/el-alba-sin-espejos


Ada Inés Lerner


Durante el Diluvio

Cuando Yahvé despertó durante el Diluvio, Noé le dijo que en el Arca quince hombres han muerto.
-Se escondieron en una cuba de ron, mi Señor.
-Esto es obra del Maligno, de la ofuscación del ron, de las ideas vertiginosas, vertiginosas como los deseos de fugar detrás de una ruleta.
-Mi Señor, renunciaron a la fuga, no ocultaron sus razones, temían naufragar.
-Deben navegar en mis Escrituras y cruzarán esos mares a salvo.


El mandato

Desperté de una pesadilla y descubrí que me han robado el amor; sí, el amor con que construí mi hogar. El domingo en misa de once un feligrés lee:
El hombre oye y está de pie en la puerta de mi jaula y grita: es solo una mujer y es de mi propiedad.
Alcé la cabeza y al no ver el sol mi alma desnuda -desnuda de tantas heridas- se inflamó y ya no quise tener más amores: voy recuperando la libertad de la soledad y la seguridad que me otorgan mis alas: ser inabordable. 
No piensen que me enorgullezco de mi locura: no estoy a salvo del amor…


Ahicito nomás

En mi pueblo, frente a las vías del ferrocarril que no pasa hay cuatro esquinas que forman las calles Zanón, Zacarías, Venancio y Asunta y un árbol que creció rápidamente.
Cuando algún extranjero pregunta, un lugareño dispuesto le responde: son los vecinos que alguna vez plantaron ese árbol. Su copa frondosa, que en el invierno le da abrigo a las aves y en verano, androides, tanos, clones, lunáticos, bolivianos y venusinos, androides, hombres, mujeres, chicos, arturitos, perros y gatos se sientan a descansar bajo su sombra.
Para soportar el peso de tantas ramas y hojas, el árbol posee un tronco muy grueso y una poderosa raíz, que lo aferran a la tierra para que no corra peligro con los meteoritos que caen.
Dicen los que saben que la raíz es tan grande como su copa.
Si usted quiere conocerlo véngase nomás a mi pueblo, acá arriba a la derecha ahicito nomás del lucero.


Ada Inés Lerner
Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina

Orlando Valdez


Tan dulce  tan cerca

hay algo bajando anaranjado
en el amarillo del olvido
           
tan dulce una flor      
y las acacias tan cerca

entonces hube uno de otro
a mis días con sus noches liberado

y morir
será de la muerte

luz flava de una
luna en el agua


Del libro del autor: El mezquino trazo del tacto

Orlando Valdez
Rosario, Santa Fe, Argentina

David Antonio Sorbille


El rumbo de tus palabras

A “La misma que soy”
de Michou Pourtalé (2010)

El rumbo de tus palabras se abre paso
a galope tendido entre los recuerdos
y la desnudez de la realidad
las estampas erosionadas
por la tristeza y la impotencia
el detalle y la nostalgia
el sentido de pertenencia
la razón del crepúsculo
el coloquio acostumbrado
el discurso quebrado
de los sueños marchitos
el jardín familiar
la ironía espontánea
y la percepción profunda de los días


Las dos caras de la moneda

A “Desandar el regreso”
de Stella Maris Vence (2006)

Las dos caras de la moneda
la pausa y la intensidad
en el espacio que vibra ante el devenir de las palabras
y esa genuina percepción que se abre paso
entre fragmentos y huellas
que recuerdan el tiempo de la belleza y el insomnio
los afectos y los días obstinados en el viento
testigo de los sueños
la resignación y los secretos
la bendición de un ángel triste
en los abismos de un mundo donde no hay sólo poemas
sino cristales en la noche que desandan el camino
como una página sublime que cautiva el silencio
y despliega sus alas tan libres y necesarias


Tu diáfana poesía

A “La vida es otra cosa”
de Gabriela Delgado (2008)

Tu diáfana poesía
es una celebración de la palabra
una canción de gesta
un preludio de amor
una sinfonía de voces
un vuelo de almas exiliadas
un horizonte de promesas
en un tiempo sumido
en el dolor y la espera
un sueño de alas rotas
como el de Van Gogh
en los lejanos arrecifes de la soledad
un argumento vigoroso


Del libro del autor: Un puente de voces -Poesía- Año 2012
David Antonio Sorbille
Buenos Aires, Argentina

M. C. Vásquez


Mamá Profesional y Mujer

Nada mejor que ser mujer, si lloramos lo hacemos fácilmente, si reímos lo hacemos con el alma, si cantamos lo hacemos sin importar si podemos o no, en nosotras está el caos; pero también la calma.
Nada mejor que ser mujer, únicas en la maternidad, únicas en el ciclo reproductivo, con dolor sabemos amar y con amor sabemos curar.
Nada mejor que ser mujer, nuestros hombros cargan el deber, también disfrutamos el placer, no hay nada que no podamos hacer.
Nada mejor que ser mujer, somos madres: instructoras, consentidoras de pequeñas manitas traviesas y sonrisas coquetas, que nos quiebra el alma su grito anodino de llanto de niño, lloramos a su lado del cuento de hadas de brujas malvadas y duendes vestidos de lino.
Nada mejor que ser mujer, somos profesionales en lo que hacemos ya sean tortillas o CEO de gigantes empresas, haciendo papillas o Champagne con sus fresas.
Nada mejor que ser mujer, somos las que damos la vida, formamos el ser y llevamos el pan del saber, siendo siempre las creativas.
Nada mejor que ser mujer, en nosotras está inspirada la poesía, el ritmo de la melodía, los versos escritos de grandes momentos desde que el escriba aprendió su oficio… sin tiempos.

11.04.2016
Escrito exclusivo para la revista literaria con voz propia

M. C. Vásquez
Amatitlán, Guatemala

Anabel Vera Suárez


Detrás de la pared
     La cárcel del poeta
Tiene las paredes acribilladas
                José Rivas

Dentro de estas paredes numerosas,
cuando el lamento del primer cuarto llama,
todos un coro hacemos.
Los pájaros entran por las ventanas y
quedan presos en el sonido triste
del poeta insomne.

Hemos hecho un surco en el pasillo
para que mejor se arrastre
la indolencia de los pies.
Un día y otro alguien llama a la enfermera,
que cose con agujas de cristal
tanta piel deslavazada.
Y viven los vivos como cruce de trenes,
como si fueran a mudarse
a otro sitio,
aunque al día siguiente los anime
el rayo minucioso del consejo por la ventana.


Pieza íntima

Por la parte donde se escurre el
tiempo
María ahoga la novela
de pintarle oscuras manchas
a su parte íntima.
Nadie sabe por qué sola
en el parque aguarda,
con los ojos mirando,
que aparezcan verdes colchones
en que subir y bajar la
muerte.
Alguien pregunta:
¿Cuánto cuesta sentarse en su
banco?
Nada es falso cuando talento
te regalan golondrinas y cangrejos.
Lee a Lezama pero duerme.

Por la parte que rodea el
río
María habla a los peces sordos.
Cuando el pescador asome,
volverá a pedirle que se duerma
donde nadie discute y todos
piensan.

Por la parte ancha de los potreros
un corcel corre sin dueño;
María le llama suerte,
suerte.
Cuando venga la noche
y ponga frente a sus ojos
la enfermedad de su piel,
nadie
le sostendrá el cuerpo.
Será una masacre de animales y
la ansiedad de ser libre.


Poemas tomados del libro de la autora: Cuando despierten las tortugas
Anabel Vera Suárez
Cuba

Alba Estrella Gutiérrez


“la gringa”

guarda en el alma
una pena de muy lejos
cajita de los recuerdos
corazón puro de tierra
guardando los miedos
y pañuelo azul y blanco
en su delantal de amor
banderita de la escuela
sus alumnos son espejos
y ella un abrazo en el viento
“la gringa”
corazón grande
pájaro libre

en el vuelo


Alba Estrella Gutiérrez
Buenos Aires, Argentina

Marcelo Finkelstein


El acantilado

Desde el acantilado sólo se divisaba un bote sin tripulante. Había salido a caminar y el azar lo llevó a ese lugar. Su esposa había viajado a ver a la madre que vivía en un pueblo vecino a pocos kilómetros. Últimamente la salud de su suegra se había convertido en una preocupación y su mujer viajaba a menudo a visitarla. Se asomó cuidadosamente y a lo lejos divisó una pareja que caminaba por la angosta playa, dejando sus huellas en la fina arena. Iban tomados de la mano en una actitud decididamente amorosa.
El sol ya se había puesto en el horizonte y las primeras sombras envolvían a la pareja haciendo borrosas sus figuras. Pensó en su mujer y una ola de erotismo le recorrió el cuerpo. Ojalá que volviera con buen ánimo y no demasiado tarde. Esos viajes la cansaban mucho y más de una vez llegaba con jaqueca y sólo atinaba a darse una ducha e irse a dormir.
Los amantes dieron un rodeo, se acercaron al bote que estaba asegurado a una roca, subieron y se alejaron remando lentamente hacia el oeste, donde un pequeño amarradero hacía posible llegar a tierra firme, lejos de los acantilados.
Los vio alejarse con un poco de envidia y la mente puesta en las próximas horas. Emprendió el regreso acuciado por la idea fija. Cuando llegó, ella todavía no estaba.
Pensó en preparar una cena ligera. En eso estaba cuando se abrió la puerta y su esposa con el rostro cansado y el cabello desordenado le dio un beso. Después de dejar su bolso sobre un sillón le contó que estaba agotada del viaje y lo único que quería hacer era darse un baño e irse a descansar. Todas sus fantasías eróticas se derrumbaron.
Mientras el ruido de la ducha llegaba a sus oídos, tomó el bolso y lo llevó al dormitorio. No vio que sobre el sillón una fina estela de arena había dejado su huella.

                                                                             30 de julio 2003

Marcelo Finkelstein
Nació en Buenos Aires, Argentina. Reside en Kibutz Alumot, Israel